¿Ya se ha escrito todo sobre la historia de Guayaquil?

 

Es usual para un amante de Guayaquil, sentir impotencia conceptual cuando escucha o lee las variadas “historias” que existen sobre nuestra ciudad. Sobre todo, si en buena lid investigativa,  aspira a conocer la auténtica biografía de la Perla del Pacífico. 

Confieso que en ese trajinar hay obstáculos de variada ralea. Ineluctable realidad. Los hay aquellos naturales que prácticamente son inherentes a toda tarea intelectual. Y de seguro existen otras categorías y tipos. Normal. Pero, como algunos hemos constatado con no poca rabia y mucha frustración, los impedimentos más gravitantes son aquellos artificiales y tendenciosos con los que el centralismo ideológico nos ha atenazado por décadas.

 Incluso desde nuestros cimientos hasta la actualidad, conforme el marxismo cultural se ha empoderado y apoderado de nuestra Academia, ese auténtico retrato de la ciudad-puerto ha sido degenerado, caricaturizado, minimizado sin rubor, basamento cognitivo, ni escrúpulos. Toneladas de basura ideológica se vertieron sobre nuestra niñez para perpetuar ese taimado despropósito. 

A los colegios se les vendió y vende de forma coaccionada textos acorde al relato oficial de la revolución de turno. Evidencia pragmática de ese oficialismo con ínfulas de cientismo social, superioridad moral, cachetes colorados y un innegable léxico en clave de quichuañol. 

En la universidad el asunto poco cambia. Empeora. La tecnocracia cosecha con creces su práctica estatólatra. Jóvenes adocenados que comulgan del correctismo político predican con sonambulismo conductual sobre la plutocracia, las élites extractivistas, la bancocracia, el modelo agroexportador injusto; una génesis idiomática étnica y folclórica única e incluso, arremeten contra su propio terruño repitiendo aquello de la ciudad fenicia de los patricios entontecida por el dinero. Cuestionan la economía del Puerto Principal acusando a nuestro aparato productivo de practicar un “neoliberalismo” cruel y explotador.


Etiquetas descalificadoras

Falseadoras etiquetas cultivadas con una paciente virulencia dogmática para desacreditar desde la envidia, el complejo y la imaginería panfletaria nuestra casi genética aptitud para el emprendimiento. 

Los ministerios educativos en los diversos gobiernos que hemos padecido, montaron esta cruel tramoya viabilizada por un pensum académico único pero supervisado e inspirado en el andino- centrismo. En otras palabras, edificaron un positivismo histórico trasnochado con ansias de inventar su historieta nacional envileciendo la dinámica de nuestro mercado que apenas si lo entienden. 

A la ficción del Ecuador-nación y sus racionalistas predicadores sin brújula objetiva, no les inmuta la injusticia de toda índole a la que su cinismo y desparpajo nos ha condenado. Al carajo. Les interesa por sobre todo y todos, mantener sus privilegiados puestos burocráticos. Necesitan envolver su tirria con el oropel de la unidad nacional. 

Nada de lo que posee acento o cuño costeño parece merecer su respeto. Hay tal intolerancia que a veces nos parece que nunca leyeron a Locke. Más aún, no son pocos los intentos para devaluar la heroicidad de nuestros próceres. Misérrima tarea blindada por el poder, en lo fáctico y apuntalada por hipótesis que no soportan una mínima falsación, en lo académico.

Pero cabe aclarar que digan escriban, denuesten o cuestionen en cualquier manera posible a los Próceres de Octubre lo que esos liliputienses espíritus no podrán negar es el legado de libertad que hoy ellos y nosotros disfrutamos. 

La historia de Guayaquil está inmersa en una complejidad conceptual irrepetible dadas sus fuentes diversas y variables múltiples. Ergo hay mucho por dilucidar. Bastante que debatir, intercambiar y coincidir. Los nenes no hacen Historia, la ciencia es liderada por adultos equilibrados. 

Y… como entre líneas se deduce fácilmente cierta raigambre arcaica innombrable, deseamos concluir esta parte coincidiendo que: “El colectivismo como ideal moral está muerto”.

 

 

A manera de conclusión propositiva. 

Recientemente nos han “sugerido” que depongamos nuestra tarea de ahondar en la historia de Guayaquil. Que ya está todo contado. Que basta con que “esa” prensa publique en julio y octubre lo que todos sabemos. 

Un poco más elaborada es la observación aquella que endilga fallos narrativos a la “historia oficial” la misma que según la miopía del materialismo dialéctico hace esfuerzos denodados por ocultar esa “otra historia”: la de los auténticos actores sociales. Elaborada en lo discursivo, no más. 

Nos encomendaron releer a los literatos “comprometidos”; allí descubriremos el deus ex machina de la historia criolla. Pero, habría que aceptar la dudosa premisa que el relato literario posee mayor peso específico que las investigaciones documentadas. Un retroceso a la historiografía en cuanto a metodología avalada se refiere. 

No comulgamos con el revanchismo en ninguna versión, sí en intentar HONESTAMENTE llamar y definir a las cosas por su nombre y por lo que son y han sido. 

El descalificar sin más con epítetos como: narrador de la burguesía, historiadores del bronce, recaderos arribistas y desclasados a quienes tienen objetivos, versiones y visiones diferentes,  es un despropósito que no apoyaremos porque así se alimenta un conflicto intelectual fratricida olvidando la causa general que a todos nos mueve en Guayaquil: descubrir y descubrirnos en la Historia. Contrastar es lo óptimo, en cuanto a Metodología. 

Lo anterior (descalificar gratuitamente) es la falacia ad hominem favorita durante el correato. Lapso tristemente oscurantista para la libertad de expresión ya que no se aceptaban cuestionamientos de ninguna índole. Increíble que sea una especie de categoría usada por muchos en el debate académico. 

Es obvio que cuestionar todo lo que se publica es adecuado e imperativo. Nadie tiene corona. Ni la derecha ni la izquierda, si vamos a utilizar esas categorías obsoletas.   

Identificar dónde empieza el discurso y la práctica ladina que ha intentado invisibilizarnos, expoliarnos y despojarnos de nuestra herencia histórica, cultural, material, etc. y el porqué, es el inicio, la causa común a tratar profundamente. Es el enemigo y el engendro contra los que se debe volcar la energía combativa ilustrada. 

Así que proponemos diálogos interdisciplinarios, investigaciones avaladas, diálogos con expertos en las respectivas áreas, participaciones de adultos y jóvenes en un real debate y cuanta sugerencia positiva y espontánea nazca al calor del amor a esta libérrima y bella ciudad para avanzar imparables hacia una hermenéutica sólida y auténtica.

 

 

“Cuando el sujeto cree, por una doctrina religiosa o filosófica errada, que el objeto tiene un solo polo, entonces no puede decodificar la riqueza de lo real y entra en reduccionismos y consiguientes decodificaciones aberrantes de lo real.”