Medardo

Poeta del ébano.

Medardo Ángel Silva – Guayaquileño

Madre la vida enferma y triste que me has dado,
no vale los dolores que te ha costado;
no vale tu sufrir intenso madre mía,
este brote de llanto y de melancolía.
(…)

No puedo decir que “mi concepción” de Medardo Ángel Silva fue [o es] “un antes y un después”. No digiero –ni cabe- ese cliché; para mí es un siempre, un A-H-O-R-A.

Creo en el Medardo redescubierto de manera recurrente conforme los entendidos y sus pocos estudiosos nos confían y transmiten generosamente el resultado de sus investigaciones, sus descubrimientos, sus idas y venidas a las fuentes escritas que ya son casi legajos tan enfermizos y quebrados como era el carácter del bardo guayaquileño.

Por cierto (y para ser justo) lo de poeta es solo el aspecto más conocido entre muchos. Lo que atrae, lo que lo inmortaliza y apenas preserva; sin embargo, lo encasilla e impide aprovecharlo plenamente pues como todo genio fulgurante, precoz, autodidacta… al resto, su talento nos rebasa por mucho y únicamente nos quedamos con el encandelillamiento que provoca su obra, su raudo sino.

Es más fácil el reduccionismo. Es útil para fingir el ostentar cultura. Sobre todo, en una sociedad de poses donde la urgencia dineraria obliga a elegir entre lo sublime o lo necesario. En fin.

Pero “nuestro” vate era mucho, muchísimo más. Sencillamente: un virtuoso en todo el sentido. 

Y… mi dilema personal sigue intacto. ¿Cómo predicar al Medardo íntegro actualmente? Analizar a Silva en una sociedad que casi no lee, que maneja poco y mal los temas culturales. Donde la poesía es una rareza confinada al círculo avernal de lo meramente ridículo, culterano, ornamental… resulta una lucha perdida de antemano. A pocos le interesa la cultura.

Lástima. Silva fue un genial amo de la versatilidad. Un deconstructor sensible de la musicalidad que casi silente nos rodea. Su idoneidad conlleva aspectos de valor permanente.

Asi tenemos al Silva cual cronista citadino como referente. Pero referente proscrito, dada la inclinación medardiana por espetarnos sin tregua ni anestesia florida, aspectos sórdidos del Guayaquil sumergido y marginal al que le volteamos la mirada entonces y actualmente.

Apuesto que sus muchos admiradores llegamos a sentirlo cercano por su calidad poética afinada en el desencanto, preñada de lecturas urbanas; confinada artísticamente al submundo fértil de esa muy suya nostalgia que jamás le concedió tregua ni le mezquinó su fragor inspirado.

Seguro que “ilustrados” con sus anécdotas (mitad leyenda urbana, mitad desmemoria matizada) lo imaginamos etéreo antes que mundano. Sin embargo, el consenso avalado tiende a mostrarlo intelectualmente vigoroso; irredento con la vacuidad de la inmediatez de su realidad carcelaria. Profano, sumo sacerdote de su catedral privada erigida en honor a la muerte. Su coqueta pero obsesiva amiga que lo transportaba asiduamente a estados de poseso bien escribiente.

Mas, considero que el Medardo Ángel Silva histórico es su auténtico legado. El necesario hito generacional. Esa arista de nuestro genio que al unísono es (o debe ser) compendio de su señera figura.

Por eso me inclino por el Medardo histórico; pero: lo más diferenciado posible de su leyenda, de los chismes de barrio y de los históricos. De los prejuicios que a diario taladraron sin piedad la psiquis de un joven desfasado de la mediocridad a la que suele encadenar la carencia material.

Ese Silva histórico redescubierto como artista completo y absoluto. Como amante noctámbulo de su Guayaquil de principios del siglo XX. Ese lector incansable, estratégico y universal. El Medardo maestro por mano propia, padre no reconocido del Modernismo tardío en este país.

El Medardo Ángel Silva aliento que sopla con disimulo desde la Ría cuando la noche y sus ateridas sombras nos develan entre susurros el tatuaje de bohemios no confesos que llevamos indeleblemente quienes amamos a la sin par Guayaquil. Estás aquí, aunque ha pasado un siglo. 

-Víctor Hugo Bonifaz Ollague

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